liquidadores de Chernobyl

 

LOS LIQUIDADORES EN EL DESASTRE DE LA CENTRAL NUCLEAR DE CHERNOBYL

 

27 de abril de 1986. Suecia, central nuclear de Forsmark. Tras un examen rutinario de niveles de radiactividad en las ropas de sus trabajadores encuentran niveles superiores a la media. Extrañamente, en su central, no se había producido ninguna fuga.

 

En países cercanos como Alemania y Finlandia, estaban recibiendo mediciones similares. Sin duda, el viento estaba extendiendo una nube radiactiva por toda Europa. Por la dirección de éste, supieron que algo muy grave estaba pasando en algún lugar en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, pero no se sabía oficialmente nada más de la todavía entonces hermética Unión Soviética.

 

Noche del 28 de abril. Se lee un escueto comunicado en el programa de noticias soviético Vremya:

 

“Ha ocurrido un accidente en la central de energía de Chernóbil y uno de los reactores resultó dañado. Están tomándose medidas para eliminar las consecuencias del accidente. Se está asistiendo a las personas afectadas. Se ha designado una comisión del gobierno.”

 

 

 

EL DESASTRE

 

Dos días antes, sábado 26 de abril de 1986, 01:24 horas. Central nuclear Vladímir Ilich Lenin, en la ciudad de Prípiat, a 18 km. de Chernóbyl (actual Ucrania).

 

Comienza uno de los mayores desastres medioambientales de la historia.

 

Desde hacía 24 horas, se estaba realizando una prueba de seguridad ante un eventual corte de suministro eléctrico. Se trataba de conocer durante cuánto tiempo se podría generar energía eléctrica en la turbina de vapor, después de un eventual corte de energía en el suministro principal del reactor. Era necesario saber la necesidad de potencia que requerirían las bombas refrigerantes de emergencia, en ese caso, hasta que pudieran entrar en funcionamiento los generadores diésel.

 

Una mala ejecución, que violaba totalmente el Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética, provocó un sobrecalentamiento del núcleo, por envenenamiento de xenón. Como consecuencia, se generó una fatal nube de hidrógeno dentro del núcleo, que provocó dos grandes explosiones que hicieron volar por los aires las 1200 toneladas del techo del reactor nº 4.

 

Una gigantesca nube tóxica radiactiva comenzó a extenderse irremediablemente a la atmósfera, mientras el núcleo ardía. Imposible de parar… o quizá no…

 

reactor chernobyl

 

LOS LIQUIDADORES

 

El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht, dijo una vez: “Desgraciado el país que necesita héroes”

 

La Unión Soviética los necesitaba. Y rápidamente. Y muchos… El desastre era ingente, y alguien tenía que solucionar el problema. Y encontraron a aquellas personas: los liquidadores.

 

Pero era necesario tapar el reactor lo antes posible para cortar la nube tóxica, no sin antes haber depositado en él todos los escombros radiactivos que las explosiones habían repartido por los alrededores. En total, más de un millón de personas acudieron ante lo que sabían que seguramente supondría una muerte segura.

 

En el techo abierto del reactor de la central de Chernóbyl se llegaron a medir unos niveles de radiación de más de 40.000 roentgens/hora. Un nivel de 400 roentgens/hora ya se considera una dosis letal para un ser humano.

 

En principio, acudieron bomberos, especialistas en energía nuclear, científicos, geólogos, mineros… también militares, que se alojaron en grandes tiendas de campaña 30 kilómetros alrededor del reactor. Eran conducidos en camiones. También unidades aéreas, que mediante helicópteros, se situaban sobre el reactor abierto para lanzar sobre él sus cangilones con una mezcla de arena, plomo, dolomita y boro.

 

Pero también había que realizar un trabajo manual. Se probaron máquinas y robots pero su electrónica dejaba de funcionar bajo la extrema radiación. Así que el trabajo de estos liquidadores “bio-robots” consistía en recoger con sus manos o palas los materiales radiactivos y arrojarlos desde el tejado del reactor que aún estaba en pie, al destruido número 4. Iban en grupos, y no podían permanecer más de 20 segundos en cada operación. Portaban pesados trajes de plomo de 30 kg de peso. Seguro que no protegían lo suficiente, pero al menos proporcionaban una falsa sensación de seguridad.

 

Cada semana, llegaban 10.000 soldados de reemplazo. Muchos aceptaron también, pues el gobierno soviético les ofreció permutar sus dos años de servicio militar obligatorio, por dos minutos trabajando en el reactor.

 

Cuando el reactor dejó de emitir radiación al exterior, el 13 de mayo, se habían arrojado más de 5000 toneladas de material. Pero aún no había acabado el “trabajo”…

 

EL ENFRIAMIENTO DEL REACTOR

 

Bajo el reactor existían unas piscinas que deberían contener el agua que se necesitaría para enfriar el reactor en caso de emergencia.  Debido al desastre, y después de los intentos de los bomberos por apagar el incendio, y la rotura de las tuberías del circuito primario, estas piscinas estaban totalmente anegadas.

 

Su urgente vaciado era de vital importancia.

 

El reactor sobre ellas se estaba fundiendo, lo que sin duda produciría una concentración de vapor que haría estallar el conjunto proyectando nuevamente a la atmósfera toneladas de corio radiactivo. Había otro problema añadido, pues este agua podría infiltrarse, contaminando las corrientes subterráneas, y creando otro desastre medioambiental de magnitud inimaginable. Pero las válvulas de vaciado se encontraban en la piscina bajo el agua

 

Se dice que cuando aparecen nuevos héroes, se escribe otra tragedia. Y allí surgieron nuevos héroes voluntarios, esta vez con nombre propio: Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov. El primero, un prestigioso científico soviético que había participado en la construcción del complejo nuclear. El segundo, uno de los ingenieros que trabajaban en la central. Ellos conocían bien dónde estaban las válvulas de vaciado de las piscinas.

 

Otra persona era necesaria para acompañarlos en labores auxiliares. Se ofreció voluntario otro héroe, Boris Baranov, trabajador de la central, que debía sujetar una lámpara subacuática para apoyar a sus compañeros.

 

Provistos de sus trajes de submarinismo y herramientas, se sumergieron hacia un trabajo que sabían que sería el último de sus vidas. Y consiguieron abrir las válvulas y vaciar las piscinas

 

Poco se sabe sobre qué fue de ellos. Con seguridad Alexei y Valeriy murieron, y se dice que Baranov consiguió sobrevivir un tiempo después, pero todo es incierto.

 

En cualquier caso, y con seguridad, ellos salvaron, junto a los otros cientos de miles de liquidadores, a Europa de un desastre aún mayor del que tuvo lugar aquel fatídico 26 de abril de 1986.

 

Sirva este artículo como un homenaje a todos ellos, y a la gran labor que realizaron aún a costa de sus propias vidas.

 

 

 

Fuente:  Revista de Ingeniería por Jesús Ramón Elizondo Ruiz

 

@elizondoruiz